
Esta semana, en consulta, un paciente adolescente me dijo algo que se me quedó grabado: no conseguía diferenciar cuándo él decidía cuidarse, de cuándo le obligaban a comer.
Y aunque a simple vista se parecen, no son lo mismo.
Esta confusión —entre lo que hacemos por compromiso con nosotros mismos y lo que hacemos porque alguien nos obliga— es mucho más común de lo que parece, y en muchos casos, sostiene el conflicto que hay detrás de un trastorno de la conducta alimentaria (TCA).
¿Por qué esta confusión aparece justo en la adolescencia? La adolescencia es, entre otras cosas, un proceso de búsqueda de autonomía: aprender a decidir por una misma, a diferenciarse de la familia, a construir una identidad propia.
Al mismo tiempo, es una etapa donde el cuerpo cambia, y donde la presión externa sobre ese cuerpo —comentarios, comparaciones, dietas, redes sociales— es constante.
Cuando esas dos fuerzas chocan (la necesidad de decidir por una misma y la presión de que otros decidan por ella), la comida se convierte fácilmente en el terreno donde se libra esa batalla. Y ahí es donde aparece la confusión: ¿estoy comiendo (o dejando de comer) porque yo lo decido, o porque alguien más lo está decidiendo por mí?

La diferencia entre obligación y compromiso
Una obligación viene de fuera. Te la impone alguien —un padre, una regla familiar, una báscula, una cuenta de calorías— y la vives como una orden que hay que cumplir sí o sí, sin espacio para lo que tú sientes o necesitas. Ejemplos cotidianos: “tienes que terminar el plato”, “no puedes levantarte de la mesa hasta que comas esto”, un comentario sobre cómo debería verse tu cuerpo. Un compromiso viene de dentro. Es una decisión que tomas tú, con tu cuerpo, no contra tu cuerpo. Nace de entender que cuidarte es algo que quieres para ti, no algo que te imponen. No siempre es fácil ni cómodo —a veces un compromiso también cuesta— pero la diferencia está en quién decide y desde dónde se decide.
¿Por qué esta confusión importa en el TCA?
En un trastorno de la conducta alimentaria, comer (o no comer) se vive muchas veces como una imposición, no como un acto de cuidado. Y cuando alguien —familia, entorno, incluso un tratamiento mal enfocado— intenta resolver esto “obligando a comer”, casi siempre falla a largo plazo.
¿Porqué el conflicto real casi nunca es con la comida en sí?
Es con la sensación de no tener el control sobre las propias decisiones. Por eso, en terapia, no trabajo imponiendo reglas ni dietas. Trabajo ayudando a la persona a reconstruir esa capacidad de decidir desde el compromiso consigo misma, no desde el miedo o la obediencia.

¿Qué pueden hacer las familias?
Si tienes un hijo o hija adolescente y reconoces esta dinámica en casa, aquí van algunas ideas, sin recetas rígidas: Evita convertir la comida en un campo de batalla. Cuanto más se impone, más se refuerza la sensación de obligación. Habla de cuidado, no de control. Sustituye frases como “tienes que comer” por preguntas abiertas sobre cómo se siente. No comentes el cuerpo, ni el suyo ni el tuyo propio delante de él o ella.
La presión estética se cuela por ahí muchas veces sin darnos cuenta.
Busca acompañamiento profesional si notas que la ansiedad, la culpa o el control alrededor de la comida se mantienen en el tiempo.
Pero sí existe un proceso: entender de dónde viene el malestar, y desde ahí, reconstruir una relación con la comida y con el propio cuerpo basada en el cuidado, no en el control. Si esto te resuena —a ti, o a un hijo o hija adolescente— estoy aquí para acompañarte.

Un espacio sin juicio para entenderlo, No existen soluciones rápidas ni fórmulas mágicas para esto.
Reserva tu primera cita: Carmen Reyes Martinez, Psicóloga especialista en alimentación y nutrición oncológica.