¿Por qué tu autoestima se tambalea, se agrieta o se derrumba?

  • Categoría de la entrada:De interés
  • Tiempo de lectura:8 minutos de lectura
  • Última modificación de la entrada:septiembre 22, 2026

alimentatumente.es | @carmen.alimentatumente

La metáfora del edificio

Hay una imagen que utilizo a menudo en consulta cuando hablamos de autoestima: la de un edificio ante un terremoto. Los edificios japoneses, diseñados para resistir movimientos sísmicos constantes, no se construyen para no moverse. Se construyen para moverse sin romperse. Tienen cimientos profundos y amortiguadores flexibles que absorben la sacudida. Se tambalean, y precisamente por eso no se caen.

La autoestima funciona de un modo muy parecido. Y entender por qué nos lleva, inevitablemente, a hablar de apego.

Pero antes, ¿qué es realmente la autoestima?

En psicología, la definición de autoestima es la valoración o el juicio que hacemos de nosotros mismos, ya sea de asuntos positivos o negativos, de lo que pensamos, lo que hacemos y de las experiencias que hemos vivido.

Entenderíamos la autoestima como un constructo que tiene cuatro partes principales:

Autoconcepto: lo que pensamos de nosotros mismos y nuestras capacidades. Por ejemplo: «soy capaz de resolver problemas» o «no sirvo para nada».

Autoimagen: la forma que tenemos de vernos, ya sea físicamente o por dentro. Por ejemplo: «me veo fuerte» o «no me gusta lo que veo en el espejo».

Autoaceptación: entender que somos personas que vamos a tener virtudes y defectos. Por ejemplo: «sé que tengo días buenos y malos, y está bien» o «no soporto equivocarme».

Autorrespeto: la forma que tenemos de valorarnos y tratarnos a nosotros mismos. Por ejemplo: «me permito descansar cuando lo necesito» o «me exijo hasta el límite aunque me haga daño

La trampa de «la autoestima es solo un trabajo individual»

Hasta aquí podría parecer que la autoestima es simplemente un trabajo individual y que, por tanto, quien no tiene autoestima es porque no ha trabajado lo suficiente.

Y es que muchas veces creemos esta narrativa por frases que vemos en redes del tipo «todo lo que necesitas está dentro de ti». Somos seres sociales, necesitamos del otro, y el aislamiento genera mucho malestar.

No es correcto decir que la autoestima es solo un trabajo individual. La creencia popular dice que si tú te ves bien, te proyectas bien y los demás te reconocen. Pero la realidad clínica funciona al revés: es la forma en que nos reconocieron, nos miraron y nos trataron la que determina cómo aprendemos a valorarnos.

Esta es la razón por la que la metáfora del edificio funciona: los materiales con los que se construye nuestra autoestima no los elegimos nosotros. Nos los dan. Y eso nos lleva directamente al apego.

Tres formas de construirse

No todos los edificios se levantan igual, y no todas las autoestimas se construyen sobre los mismos materiales. En consulta suelo distinguir tres patrones.

El primero es el edificio sin cimientos: se derrumba al primer temblor, no por falta de voluntad, sino porque nunca tuvo los materiales para sostenerse. Negligencia, ausencia de una figura de apego estable o invalidación constante de las emociones dejan a la persona sin la arquitectura interna necesaria para amortiguar el impacto de una crítica, un rechazo o una comparación.

El segundo es el edificio rígido: parece el más fuerte del barrio, pero se agrieta por dentro. Es lo que Carl Rogers llamó condiciones de valor: cuando el afecto recibido en la infancia estuvo condicionado a un rendimiento, una apariencia o un comportamiento concreto, la persona adulta construye su valor sobre lo que produce y no sobre lo que es (Rogers, 1959). Ante un terremoto emocional, este tipo de estructura no cede poco a poco: se resquebraja, porque nunca tuvo margen para el error.

El tercero es el edificio flexible: se tambalea ante la crítica, el rechazo o la pérdida, y le duele, pero no se derrumba. Es el resultado de lo que John Bowlby describió como apego seguro: una figura de referencia presente y sensible a las necesidades del niño o la niña, que permite interiorizar la certeza de que, pase lo que pase fuera, hay un lugar seguro al que volver (Bowlby, 1969; Ainsworth et al., 1978). Esa base segura no elimina el dolor ante las dificultades adultas, pero sostiene a la persona mientras las atraviesa.

Ninguno de los tres es un diagnóstico ni una sentencia. Son, simplemente, tres maneras distintas de haberse construido.

Lo que dice la investigación

La conexión entre el estilo de apego y la autoestima no es solo una metáfora útil para consulta: está respaldada por evidencia clínica consistente, y resulta especialmente relevante en el trabajo con trastornos de la conducta alimentaria (TCA).

Una revisión reciente en Current Opinion in Psychology señala que las dificultades de regulación emocional asociadas al apego inseguro son un factor transdiagnóstico en los TCA, presente en el mantenimiento del trastorno independientemente de su forma clínica concreta (Tasca, 2018). En la misma línea, un estudio con adolescentes con TCA encontró que un apego más seguro se asocia con mayor apreciación corporal y mejor calidad de vida relacionada con la imagen corporal (Laporta-Herrero et al., 2020).

La autoestima aparece, además, como el mecanismo que explica buena parte de esta relación. Un estudio con adolescentes libanesas encontró que el estilo de apego predice síntomas de ortorexia nerviosa a través de su efecto sobre la autoestima: el apego inseguro se asocia con menor autoestima, y esta, a su vez, con un mayor control rígido sobre la alimentación (Azzi et al., 2023). Un estudio con adolescentes de género femenino encontró que el estilo de apego se relaciona con la insatisfacción corporal y la restricción alimentaria a través de cómo se comunica el peso en el entorno familiar (Valledor et al., 2024). Y desde una perspectiva más clínica, Forsén Mantilla et al. (2018) proponen entender el propio trastorno alimentario como una relación de apego: un intento, aunque doloroso, de regular una necesidad de seguridad que no encontró otro lugar donde anclarse.

Dicho de otro modo: cuando trabajamos la autoestima en un TCA, casi siempre estamos trabajando, aunque no se nombre explícitamente, el apego.

La buena noticia: los cimientos se pueden reforzar

Un edificio agrietado se puede reforzar. Uno derrumbado se puede reconstruir. Se pueden cambiar los pilares, poner amortiguadores nuevos, reforzar los cimientos.

Eso es, en esencia, lo que hacemos en terapia.

No se trata de eliminar los terremotos: la crítica, el rechazo y la pérdida seguirán formando parte de la vida. Se trata de que la estructura esté preparada para aguantarlos. Desde un enfoque que integra terapias contextuales de tercera generación, trabajo sistémico y la mirada humanista de Rogers, esto significa dos cosas a la vez: por un lado, aprender a relacionarnos de un modo distinto con las críticas y los pensamientos difíciles, sin que determinen automáticamente lo que hacemos; por otro, recuperar el contacto con un proceso de valoración propio —lo que Rogers (1961) llamó confiar en el propio proceso de valoración organísmica— en lugar de depender por completo de la validación externa.

La calidad del vínculo temprano da forma a buena parte de nuestra arquitectura emocional adulta (Bowlby, 1969), y esta se mantiene relativamente estable a través de los llamados modelos internos de trabajo (Mikulincer y Shaver, 2016; Siegel, 2012). Pero un modelo interno no es una condena: es un patrón aprendido, y lo aprendido se puede revisar en el contexto de una relación terapéutica que ofrezca, de nuevo, la experiencia de una base segura.

Si te reconoces en alguno de estos tres edificios, no se trata de que te falte fuerza de voluntad. Se trata de los materiales con los que te construiste, y esos materiales se pueden cambiar.

Referencias

Ainsworth, M. D. S., Blehar, M. C., Waters, E., y Wall, S. (1978). Patterns of attachment: A psychological study of the strange situation. Lawrence Erlbaum.

Azzi, R., Mhanna, M., Hallit, S., Obeid, S., y Soufia, M. (2023). Attachment styles and orthorexia nervosa among Lebanese adolescents. Archives de Pédiatrie.

Bowlby, J. (1969). Attachment and loss: Vol. 1. Attachment. Basic Books.

Forsén Mantilla, E., Clinton, D., y Birgegård, A. (2019). The unsafe haven. Psychology and Psychotherapy, 92(1), 1–14.

Laporta-Herrero, I. et al. (2020). Body image and attachment in eating disorders. Eating and Weight Disorders.

Mikulincer, M. y Shaver, P. R. (2016). Attachment in adulthood. Guilford Press.

Rogers, C. R. (1959). A theory of therapy, personality, and interpersonal relationships. Psychology: A study of a science (Vol. 3). McGraw-Hill.

Rogers, C. R. (1961). El proceso de convertirse en persona. Paidós.

Siegel, D. J. (2012). The developing mind. Guilford Press.

Tasca, G. A. (2018). Attachment and eating disorders. Current Opinion in Psychology, 25, 59–64.

Valledor, M. et al. (2024). Attachment, weight communication and body dissatisfaction. Journal of Adolescence.

Carmen Reyes Martínez
Psicóloga especialista en TCA | Nutricionista Oncológica y Dietista
Col. AO14388 | ASNADI 2694