Cada persona construye a lo largo de su vida una imagen corporal propia. Esta imagen no es únicamente lo que vemos cuando nos miramos al espejo, sino una experiencia compleja que incluye cómo percibimos, sentimos, pensamos y actuamos en relación con nuestro cuerpo. La imagen corporal se forma a partir de nuestras vivencias personales, los mensajes recibidos desde el entorno y el contexto sociocultural en el que crecemos.

Nuestra relación con el cuerpo no se desarrolla de manera aislada. Está profundamente influida por ideales de belleza, la cultura de la dieta, las creencias sobre salud, el estigma corporal y las expectativas sociales. Todo ello va configurando una forma particular de mirarnos y tratarnos, que puede ser más o menos amable, flexible o rígida.
En el ámbito de los trastornos de la conducta alimentaria, es habitual hablar de distorsión de la imagen corporal. Sin embargo, no es necesario que exista una distorsión perceptiva para que la relación con el cuerpo sea dolorosa. Muchas personas experimentan rechazo, vergüenza o culpa hacia su cuerpo sin que haya una alteración clara de la percepción. Estas emociones pueden influir de forma significativa en la manera de alimentarse, cuidarse o relacionarse con la salud.
Desde la psicología, el trabajo con la imagen corporal no se centra únicamente en cambiar cómo se ve el cuerpo, sino en transformar la relación que la persona mantiene con él. Uno de los objetivos principales es acompañar hacia la aceptación corporal, entendida no como resignación ni como obligación de gustarse, sino como la capacidad de convivir con el cuerpo que tenemos hoy. Este cuerpo, con sus cambios y limitaciones, es el que nos permite vivir, sentir y estar en el mundo.
Hablar de aceptación corporal suele activar miedos y resistencias. Es frecuente pensar que aceptar el cuerpo implica conformarse o renunciar al deseo de cambio. En realidad, el trabajo terapéutico busca reducir la lucha constante con el cuerpo y revisar las creencias, experiencias y mensajes que han contribuido a construir un ideal corporal rígido y poco realista.
Una imagen corporal negativa suele estar asociada a la persecución de objetivos irreales de peso o tamaño, lo que genera insatisfacción constante y malestar emocional. Los medios de comunicación y, actualmente, las redes sociales, juegan un papel importante al reforzar la importancia de la apariencia física y favorecer la internalización de ideales corporales difíciles de alcanzar. A esto se suma la presión percibida por cumplir dichos ideales.
La familia también es un agente clave en la construcción de la imagen corporal. Las actitudes familiares hacia el cuerpo, la alimentación y el peso, así como los comentarios y experiencias vividas desde la infancia, influyen de forma directa en cómo aprendemos a mirarnos. En algunos casos, estas vivencias incluyen rechazo, humillación o experiencias traumáticas que dejan una huella profunda.
La imagen corporal está estrechamente relacionada con la autoestima. Una parte importante de cómo nos valoramos depende de la relación que mantenemos con nuestro cuerpo. La autoestima no es algo fijo, sino un continuo que fluctúa según nuestro estado emocional, las circunstancias vitales y el diálogo interno que sostenemos con nosotros mismos.
El lenguaje que utilizamos al hablarnos es especialmente relevante. Pensamientos como “este cuerpo no sirve para nada” suelen estar cargados de historias previas, exigencias externas y aprendizajes sociales. Detenerse a cuestionarlos y preguntarse qué nos ha permitido hacer este cuerpo, incluso en los días difíciles, forma parte de un proceso de reconstrucción más realista y compasivo.
Las mujeres han estado históricamente más expuestas a la presión estética y a la estigmatización corporal, especialmente en relación con el ideal de delgadez. Aunque estas exigencias comienzan a afectar también a los hombres, la carga sigue recayendo de forma intensa sobre los cuerpos femeninos. El ideal de delgadez se ha convertido en un símbolo de valía personal, generando discriminación hacia quienes no encajan en ese patrón.
En los últimos años, diferentes movimientos han comenzado a visibilizar la diversidad corporal y a cuestionar la gordofobia y el estigma asociado al tamaño corporal. Escuchar a las personas que han vivido estas experiencias y se han formado para divulgarlas resulta fundamental para comprender el impacto del estigma en la imagen corporal y el autoconcepto.

En consulta, el trabajo con la imagen corporal es siempre individualizado. Depende de la historia de vida, las experiencias previas y la relación que cada persona ha tenido con su cuerpo. El espejo suele ser un elemento presente en este proceso, aunque no siempre desde el mismo lugar. En algunos momentos, la intervención consiste en retirar el foco del espejo y del cuerpo observado; en otros, trabajar con él de forma progresiva puede resultar muy útil.
Existen múltiples recursos terapéuticos para abordar la imagen corporal: el uso de imágenes propias, dibujos, materiales como cintas o lana, ejercicios que comparan la percepción corporal ideal y la real, o dinámicas que permiten explorar las emociones asociadas al cuerpo. Todas estas propuestas buscan alejarse de la focalización en el peso como número y acercarse a los componentes emocionales y relacionales de la imagen corporal.
Un aspecto fundamental del trabajo psicológico es la psicoeducación. Comprender cómo se ha construido la relación con el cuerpo, qué influencias han intervenido y cómo funciona el malestar corporal permite desarrollar un diálogo interno más compasivo y consciente. Este proceso siempre debe adaptarse a la historia y necesidades de cada persona.
Desde la psicología, el abordaje puede incluir la exploración de la línea de vida, el trabajo con la vergüenza corporal, la identificación de factores de vulnerabilidad, el análisis de pensamientos y conductas asociadas, la profundización en emociones secundarias, el trabajo con la silueta corporal, el desarrollo de una imagen corporal positiva y la integración de posibles vivencias traumáticas.
Desde la nutrición y la dietética, el trabajo con la imagen corporal implica utilizar un lenguaje respetuoso y no estigmatizante, evitar enfoques pesocentristas, interesarse por la historia dietética y la vivencia emocional de la persona, y ofrecer un espacio seguro y libre de juicio. No se trata de comentar cuerpos ni de asociar directamente corporalidad y salud, sino de acompañar desde el respeto.
En el contexto escolar, la prevención y el cuidado de la imagen corporal pasan por la educación emocional, la inclusión de la diversidad corporal en el aula, la evitación de comentarios sobre los cuerpos y la detección temprana de situaciones de acoso o bullying. Proteger a los menores y ofrecerles referentes saludables es una responsabilidad compartida.
Trabajar la imagen corporal es, en definitiva, trabajar la relación que tenemos con nosotros mismos. Implica cuestionar ideales, reducir la autoexigencia y aprender a cuidarnos desde un lugar más humano, realista y compasivo.

Si sientes que la relación con tu cuerpo te genera malestar, sufrimiento o interfiere en tu bienestar diario, pedir ayuda profesional puede ser un primer paso importante. En consulta trabajamos desde un enfoque individualizado, respetuoso y seguro, adaptado a tu historia, tus necesidades y tu momento vital. El objetivo no es cambiar tu cuerpo, sino acompañarte a construir una relación más amable, consciente y sostenible con él. Si lo deseas, puedes ponerte en contacto para valorar tu situación y comenzar este proceso de acompañamiento terapéutico
