Enero suele marcar un punto de inflexión. Tras semanas en las que cambian los horarios, las rutinas y la forma de relacionarnos con la comida, llega el momento de volver a la normalidad. Este retorno no siempre es sencillo, ya que suele ir acompañado de exigencias internas, culpa o la sensación de “haber perdido el control” durante las fiestas, así como propósitos de año nuevo que estamos deseosos de tachar de nuestra lista. Desde la psicología y la psiconutrición, es importante detenernos y revisar cómo estamos afrontando este proceso.
La vuelta a la rutina implica reorganizar hábitos, tiempos y prioridades. Nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan un periodo de adaptación, especialmente después de un contexto como la Navidad, donde la alimentación suele estar más ligada a lo social, lo emocional y lo cultural. Comer más, de forma distinta o en horarios irregulares no es un fallo personal, sino una respuesta normal a una etapa concreta del año.
El problema aparece cuando enero se convierte en un mes de compensación. Dietas restrictivas, ayunos forzados “para equilibrar”, los cuales son intentos de recuperar una sensación de control, pero suelen desconectarnos de las señales reales del cuerpo. Desde la psiconutrición, entendemos la alimentación como un proceso integral en el que intervienen factores biológicos, emocionales y sociales. No se trata solo de qué comemos, sino desde dónde lo hacemos.

Volver a comer con normalidad significa recuperar una relación más consciente con la comida. Escuchar el hambre y la saciedad, volver a estructuras de comida más regulares y elegir alimentos que nos nutran sin caer en extremos. La normalidad no está en la perfección, sino en la flexibilidad y la coherencia con nuestras necesidades reales. Comer de forma equilibrada también es una forma de autocuidado psicológico.
Enero, además, suele traer consigo otros cambios: nuevas responsabilidades, objetivos, expectativas y, en ocasiones, una presión social por “empezar bien el año”. Esta exigencia puede generar ansiedad, frustración o una relación tensa con el cuerpo y la alimentación. Por eso, es fundamental plantearnos metas realistas y sostenibles, que no se basen en la culpa ni en el castigo, sino en el bienestar a largo plazo.
Desde la psicología, sabemos que los hábitos que se mantienen en el tiempo son aquellos que se construyen desde la amabilidad y la comprensión, no desde la rigidez. Adaptarnos de nuevo a la rutina implica permitirnos hacerlo poco a poco, aceptando que no todo se reajusta de un día para otro. La alimentación puede ser una aliada en este proceso, ayudándonos a recuperar energía, estabilidad emocional y sensación de orden interno.

Enero no tiene por qué ser un mes de lucha con la comida o con uno mismo. Puede ser una oportunidad para revisar cómo nos cuidamos, cómo nos hablamos y qué tipo de relación queremos construir con la alimentación. Volver a la rutina también puede ser volver a escucharnos, respetarnos y sostenernos desde una mirada más consciente y compasiva.
