Cuando la comida se convierte en control: restricción alimentaria, prohibiciones y cultura de la dieta

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  • Última modificación de la entrada:enero 8, 2026

Cuando hablamos de restricción alimentaria solemos pensar, de forma casi automática, en dietas estrictas, listas de alimentos prohibidos y normas rígidas sobre lo que “se puede” y “no se puede” comer. Sin embargo, la restricción va mucho más allá de la conducta alimentaria y tiene un profundo impacto psicológico, emocional y relacional.

La restricción alimentaria se basa en un control externo o autoimpuesto que limita la cantidad de comida, el tipo de alimentos o ambos. Este control suele construirse a partir de mensajes sociales, culturales y mediáticos que se interiorizan sin reflexión crítica. Así, dejamos de consumir determinados alimentos no porque comprendamos realmente los motivos, sino porque aprendimos que eran “malos”, “prohibidos” o “peligrosos”.

Uno de los efectos más estudiados de la restricción es el aumento del deseo por aquello que se prohíbe. La prohibición no elimina la apetencia; al contrario, la intensifica. A nivel cerebral, nuestro pensamiento funciona a través de imágenes. Cuando nos decimos “no puedo comer esto”, el cerebro sigue representando el alimento, reforzando su presencia mental y aumentando la probabilidad de querer consumirlo.

Además, la restricción no se manifiesta únicamente en la conducta. Existe también una restricción cognitiva, caracterizada por pensamientos constantes como “hoy solo lechuga”, “es el último trozo”, “ya he comido suficiente”, “no debería repetir”. Incluso cuando finalmente se consume el alimento, la experiencia suele vivirse desde la culpa y la sensación de estar haciendo algo incorrecto.

Intentar controlar estos pensamientos no suele ser una solución eficaz. Son pensamientos automáticos, aprendidos a lo largo del tiempo dentro de la cultura de la dieta. El objetivo no es eliminarlos, sino aprender a reconocerlos como construcciones culturales y reducir progresivamente el miedo asociado a ellos.

En muchos casos, la restricción cumple una función de control. Comer y dejar de comer se convierte en una forma de ejercer poder sobre uno mismo y, en ocasiones, sobre los demás. Este control se vincula estrechamente con la imagen corporal y con el intento de alcanzar un ideal estético socialmente impuesto. Sin embargo, en la práctica clínica observamos que este camino suele conducir a un círculo repetitivo: restricción, ruptura de la norma, culpa, mayor restricción y aumento del malestar emocional.

La restricción dietética ha sido identificada como un factor de riesgo en el desarrollo de alteraciones de la conducta alimentaria. También se ha observado que favorece la aparición de atracones, tanto en personas con diagnóstico como en población general, al aumentar la sensación de pérdida de control y la urgencia por comer determinados alimentos.

Para comprender este proceso resulta clave diferenciar entre control externo y control interno. El control externo aparece cuando seguimos pautas rígidas impuestas sin aprendizaje ni adaptación personal. En estos casos, la motivación suele ser extrínseca, basada en la aprobación externa, y difícil de sostener a largo plazo.

El control interno, en cambio, se construye desde la autogestión, la comprensión del propio cuerpo y la motivación intrínseca. No implica ausencia de límites, sino límites flexibles, conscientes y respetuosos. Trabajar desde este enfoque requiere tener en cuenta no solo la conducta individual, sino también el contexto social, cultural y emocional, evitando caer en la culpabilización de la persona.

Decir no a la prohibición de alimentos no significa comer sin control. Significa aprender a relacionarnos con la comida desde otro lugar: diferenciando los tipos de hambre, reconociendo las señales de saciedad, adquiriendo conocimientos nutricionales sin miedo, respondiendo a las necesidades sin juicios y atendiendo tanto lo físico como lo emocional y lo social.

La organización alimentaria también cumple un papel fundamental. Nuestro organismo funciona siguiendo ritmos biológicos que se ven alterados cuando la restricción rompe los patrones de ingesta. Mantener cierta regularidad no es una norma rígida, sino una forma de cuidado que favorece la regulación metabólica y emocional.

Existen situaciones en las que la restricción o eliminación de determinados alimentos es necesaria por motivos de salud, como alergias, intolerancias o patologías específicas. En estos casos, la restricción no nace del miedo ni de la búsqueda estética, sino de una necesidad médica. Aun así, requiere acompañamiento nutricional y psicológico para evitar que derive en malestar emocional, aislamiento social o rigidez excesiva.

En la actualidad, no podemos ignorar el impacto de las redes sociales en nuestra relación con la comida. Movimientos que promueven una alimentación más saludable y menos procesada pueden aportar información valiosa. Sin embargo, cuando estos mensajes se viven como normas absolutas, sin contexto ni individualización, pueden convertirse en una nueva forma de control externo.

Diversos estudios han señalado la relación entre la exposición prolongada a contenidos alimentarios en redes sociales, el seguimiento de determinados movimientos y el desarrollo de actitudes alimentarias de riesgo, especialmente en mujeres jóvenes. La búsqueda de una alimentación “perfecta” puede derivar en patrones obsesivos, culpa y miedo, acercándose a lo que conocemos como ortorexia.

Llevar la alimentación, la salud o el ejercicio a los extremos no promueve bienestar. Especialmente en población vulnerable —niños, adolescentes o personas con una larga historia de dietas—, la rigidez y el control pueden resultar dañinos. La información, sin acompañamiento ni mirada crítica, puede convertirse en otra forma de restricción.

Cambiar la relación con la comida no pasa por nuevas normas, sino por comprensión, flexibilidad y respeto. Alimentarse no debería ser una fuente constante de lucha, sino una herramienta de cuidado hacia el cuerpo y la mente.